jueves, 29 de diciembre de 2011
En las trincheras (Relato Real) - Fabian
22 de Diciembre de 1944 (Alguna colina perdida entre Francia y Alemania)
Es ya noche cerrada desde hace un par de horas, un frio de mil demonios nos cala hasta el alma y un manto de nieve, que a la luz del día será blanco, cubre toda la colina. El viento amontona copos de nieve ante nuestros pies. Nos abrigamos como podemos, con mantas viejas que encontramos por el caserón (o lo que quedaba de él) y con algún viejo forro polar del ejercito agujereado desde hace tiempo. Bill ha perdido mucha sangre, el torniquete que le practicamos en la pierna derecha parece haber hecho su trabajo, aunque está muy débil para poder refugiarnos en un sitio más seguro. La única construcción, un pequeño caserón, que se veía desde lo alto de la colina esta tarde debe estar como a seis o siete kilómetros, demasiados para hacerlo en su estado o en el nuestro.
Alex duerme desde hace rato, yo creo que debería hacer lo mismo. Ahora lo mejor es descansar y reponer fuerzas, aunque la comida escasea.
23 de Diciembre de 1944
Nos ha despertado el sonido de una explosión. Ha sonado cerca, muy cerca, quizás demasiado. Escuchamos el inconfundible chirriar de un Panzer II al avanzar y algunas frases en alemán. Hay que permanecer quietos, quizás con algo de suerte pasen de largo. Nos cubrimos con las mantas y por encima con los restos de lo que antaño fue una casa, en la que vivía una familia y cuyo destino ignoraba, espero que hubiesen corrido mejor suerte que la que vamos a correr nosotros.
Puedo sentir el carro blindado cada vez más cerca, el suelo vibra y caen cascotes de lo que queda de techo. Cada vez esta más cerca y el miedo se apodera de mí. Alex y Bill contienen la respiración. Me parece escuchar a Bill rezar, jamás lo había hecho. Quizás no era demasiado tarde, o si.
El cañón ha aparecido por nuestro flanco derecho y junto a él unos cincuenta soldados alemanes, armados hasta los dientes. El Panzer ha pasado de largo, pero un grupo de soldados han revisado las ruinas del caserón. Es cuestión de tiempo que nos encuentren. Un soldado alemán, el más joven del grupo, dudo mucho que superara los 18 años se ha acercado con curiosidad hasta nuestra posición. Apuntaba con su arma al frente y ha quitado el seguro, realmente he visto mi muerte muy de cerca. Me ha mirado a los ojos, yo los he cerrado para no ver la cara de mi discípulo aunque demasiado tarde pues ya se ha grabado ha fuego en mi memoria. Alguien que debía estar al mando le ha preguntado algo en alemán, él niega con la cabeza e imagino que en su idioma también, aunque no lo he entendido. Ha vuelto a poner el seguro a su arma y ha dado media vuelta incorporándose al grupo que se alejaba junto al tanque, colina abajo.
Los tres hemos respirado aliviados cuando el grupo se ha alejado a un centenar de metros, aunque hemos permanecido inmóviles durante un buen rato por seguridad. Nos hemos levantados y ninguno de los tres ha comentado lo ocurrido. Solo pensamos en reponer fuerzas y continuar nuestra marcha, la vida nos ha dado otra oportunidad y en la guerra segundas oportunidades se reparten pocas, podemos considerarnos muy afortunados. Ahora nuestro único cometido es contactar con los nuestros y poder regresar a casa. Y poder decirle al mundo que entre campos sembrados de minas, abonados con pólvora y regados con sangre, aun quedaba algo de humanidad.
Soldado Eric. J. Derick.
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