jueves, 29 de diciembre de 2011

Felices Fiestas




En ocasiones pensamos que nuestros problemas son los más grandes del mundo.

Algo parecido le sucedió a un muchacho llamado Francisco, hasta que le sucedió un encuentro inesperado con una señora.

Frank, así le llamaban, siempre había sido un buen estudiante y deportista. En sus estudios, era un alumno sobresaliente.

Le gustaba el básquetbol y sabía jugarlo.
En su casa le llamaban "el atleta de la temporada y él se sentía feliz.

Se había preparado especialmente para jugar la próxima temporada.
Incluso había comprado unos tenis muy suaves y cómodos para jugar.
Tal vez por esa situación tan halagadora le produjo un gran dolor cuando al leer la lista de los seleccionados no se encontró en ella.

Lleno de esperanzas buscaba frenéticamente su nombre,
pero no estaba.
Ese día sintió como si hubiera dejado de existir, como si se hubiese vuelto invisible.

Muy triste salió de los vestidores, tratando de encontrar una explicación a su exclusión del equipo.

Caminó durante un buen rato pero nada lo consolaba.
Duró varios días de mal humor, no queriendo hablar con nadie y respondiendo mal a sus padres cuando intentaban acercársele.
Nada le agradaba.

Pero un día de mucho frío y lluvia, tomó el autobús de costumbre y se sentó cerca del chofer.

Una mujer muy adelantada en su embarazo con paso lento subió al camión y se sentó detrás del asiento del chofer.
Entonces el chofer le preguntó en voz alta:
"¿Dónde están sus zapatos, señora?
Porque afuera habrá sólo diez grados".

Francisco no se había fijado, pero efectivamente la señora iba sólo con unas calcetas medio mojadas.

La señora le contestó al chofer:
"No puedo darme el lujo de tener zapatos.
Subí al autobús sólo para calentarme los pies. Si no le importa viajaré con usted un rato".

El chofer se rascó su cabeza calva y exclamó:
"Sólo dígame cómo es que no puede permitirse unos zapatos."
La señora le dijo:
"Tengo ocho hijos. Todos tienen zapatos.
No quedó dinero para mí.
Pero está bien, el Señor cuidará de mí."

En ese momento Frank miró hacia abajo, observó sus nuevos tenis Nike de Básquetbol.
Sus pies estaban cálidos y cómodos, igual que siempre.
Y entonces miró a la mujer, sus calcetas estaban desgarradas.

Pensó que esa persona era "invisible" en otro sentido.
Era una señora marginada y olvidada por la sociedad.

Él siempre podría darse el lujo de tener zapatos.
Ella tal vez nunca.
En un momento se quitó los tenis.
Pensó que tendría que caminar tres cuadras, pero el frío nunca le había molestado.

Cuando el autobús se detuvo en la parada final Frank esperó hasta que todos se hubieran bajado.
Entonces recogió sus tenis, se acercó a la mujer y se los entregó diciéndole: "Tenga señora, usted los necesita más que yo".

No esperó a que le diera las gracias, sino que bajó de prisa sin darse cuenta que caía en un charco.

No importaba, no sentía el frío.
En eso escuchó a la señora que desde la ventana del autobús le decía:
"Mira, ¡me quedan perfectos!".
A la vez, el chofer le preguntaba
"¿Cómo te llamas muchacho?".
Él respondió, "Frank".
El chofer le dijo: "Muy bien, Frank. En mis veinte años de chofer nunca he visto algo semejante".
La mujer, llorando, le decía al chofer:

"Ya ve. Le dije que el Señor cuidaría de mí"
Y volviéndose, dijo:
"Gracias Frank".

"No hay de qué. No es gran cosa; además es Navidad",
respondió Frank, quien se dirigió a su casa con los pies
helados pero con el corazón contento y riéndose por haberse preocupado de no jugar con la selección ese año.


Autor: José Martínez Colín
Sacerdote - Ingeniero

En las trincheras (Relato Real) - Fabian


22 de Diciembre de 1944 (Alguna colina perdida entre Francia y Alemania)

Es ya noche cerrada desde hace un par de horas, un frio de mil demonios nos cala hasta el alma y un manto de nieve, que a la luz del día será blanco, cubre toda la colina. El viento amontona copos de nieve ante nuestros pies. Nos abrigamos como podemos, con mantas viejas que encontramos por el caserón (o lo que quedaba de él) y con algún viejo forro polar del ejercito agujereado desde hace tiempo. Bill ha perdido mucha sangre, el torniquete que le practicamos en la pierna derecha parece haber hecho su trabajo, aunque está muy débil para poder refugiarnos en un sitio más seguro. La única construcción, un pequeño caserón, que se veía desde lo alto de la colina esta tarde debe estar como a seis o siete kilómetros, demasiados para hacerlo en su estado o en el nuestro.

Alex duerme desde hace rato, yo creo que debería hacer lo mismo. Ahora lo mejor es descansar y reponer fuerzas, aunque la comida escasea.



23 de Diciembre de 1944

Nos ha despertado el sonido de una explosión. Ha sonado cerca, muy cerca, quizás demasiado. Escuchamos el inconfundible chirriar de un Panzer II al avanzar y algunas frases en alemán. Hay que permanecer quietos, quizás con algo de suerte pasen de largo. Nos cubrimos con las mantas y por encima con los restos de lo que antaño fue una casa, en la que vivía una familia y cuyo destino ignoraba, espero que hubiesen corrido mejor suerte que la que vamos a correr nosotros.

Puedo sentir el carro blindado cada vez más cerca, el suelo vibra y caen cascotes de lo que queda de techo. Cada vez esta más cerca y el miedo se apodera de mí. Alex y Bill contienen la respiración. Me parece escuchar a Bill rezar, jamás lo había hecho. Quizás no era demasiado tarde, o si.

El cañón ha aparecido por nuestro flanco derecho y junto a él unos cincuenta soldados alemanes, armados hasta los dientes. El Panzer ha pasado de largo, pero un grupo de soldados han revisado las ruinas del caserón. Es cuestión de tiempo que nos encuentren. Un soldado alemán, el más joven del grupo, dudo mucho que superara los 18 años se ha acercado con curiosidad hasta nuestra posición. Apuntaba con su arma al frente y ha quitado el seguro, realmente he visto mi muerte muy de cerca. Me ha mirado a los ojos, yo los he cerrado para no ver la cara de mi discípulo aunque demasiado tarde pues ya se ha grabado ha fuego en mi memoria. Alguien que debía estar al mando le ha preguntado algo en alemán, él niega con la cabeza e imagino que en su idioma también, aunque no lo he entendido. Ha vuelto a poner el seguro a su arma y ha dado media vuelta incorporándose al grupo que se alejaba junto al tanque, colina abajo.

Los tres hemos respirado aliviados cuando el grupo se ha alejado a un centenar de metros, aunque hemos permanecido inmóviles durante un buen rato por seguridad. Nos hemos levantados y ninguno de los tres ha comentado lo ocurrido. Solo pensamos en reponer fuerzas y continuar nuestra marcha, la vida nos ha dado otra oportunidad y en la guerra segundas oportunidades se reparten pocas, podemos considerarnos muy afortunados. Ahora nuestro único cometido es contactar con los nuestros y poder regresar a casa. Y poder decirle al mundo que entre campos sembrados de minas, abonados con pólvora y regados con sangre, aun quedaba algo de humanidad.



Soldado Eric. J. Derick.